Kuntz Archer

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Logan
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Kuntz Archer

Mensajepor Logan » 21 Feb 2008, 10:48

Edificio I+D del Ejército Imperial. Coruscant

Tras los cientos de soldados, controles de seguridad, armas automáticas y puertas blindadas; en un laboratorio cuidadosamente organizado, dos cientí­ficos examinan los resultados de la última prueba de armamento.
-Los í­ndices de penetración son excelentes. Sólo falta conseguir que no consuma tanta energí­a de la célula -afirma uno.
-Si, ahora mismo requiere una demasiado grande para que sea llevada por un soldado -contesta el otro al tiempo que señala algo en una pantalla.
-Seguro que el Coronel lo consigue, si él no puede nadie lo hará.
En ese momento el ruido de los cerrojos al descorrerse interrumpe su conversación. Un hombre con aspecto de estar perdido entra por la puerta. Es calvo, aunque aún resta suficiente pelo para saber que, en otro tiempo, una luminosa cabellera rubia cubrí­a su cabeza. Lleva una pila de holodiscos, en precario equilibrio, sobre una caja de herramientas. De su brazo cuelga una mochila que acaba de desprenderse de su hombro y le hace perder el paso. Los ocupantes de la habitación, lejos de acudir a socorrerle, agarran a toda prisa sus cosas y se apartan de su camino. El predecible desenlace ocurre con gran estrépito. Varios discos aterrizan sobre la mesa; el resto caen sobre la mochila, lo que evita que se rompan contra el suelo. La caja se desprende de su mano y cae sobre su pie.
-¡Vaya! Estoy torpe esta mañana. í¢€â€œdice mientras sonrí­e y se frota el pie dolorido
-Si sólo fuera esta mañana... -le susurra uno de los asustados espectadores al otro. Este le contesta con una risa sofocada seguida de un suspiro.
-Paciencia, hoy le toca en la sala de blindajes, le tendremos lejos durante una semana al menos.
-Entonces es el plazo que tenemos para terminar el prototipo antes de que lo destruya.
Ambos inclinan la cabeza ante el recién llegado y salen de la habitación como quien huye de un afectado de demencia espacial.
El curioso personaje se acerca a la mesa y encuentra un hueco en que colocar su carga. Pisa uno de los discos del suelo y lo parte en dos.
-Vaya... tendré que pegarlo...
Se guarda los trozos en un bolsillo, dónde, probablemente, permanezcan olvidados varios dí­as. Se acerca a uno de los terminales y pasa su tarjeta por el lector que le autorizará a usarlo. Ve que la banda está en el lado equivocado y en su rostro se muestra el desconcierto. Desmonta el lector y lo monta de nuevo con el sensor al lado contrario.
Durante semanas, todos los que se acerquen al ordenador pondrán cara de sorpresa al intentar acceder y, tras varios intentos frustrados, le darán la vuelta a la tarjeta mientras alzan la vista al techo y se preguntan í¢€Å“¿por qué aquí­?, con todos los laboratorios que hay por la galaxiaí¢€?. Lo curioso es que ninguno se decidirá a arreglarlo, porque hacerlo requiere horas de trabajo preciso y las capacidades de un genio. Al final todos acabarán aprendiendo que, en ese lector en concreto, la tarjeta se pone al revés de lo normal.
Satisfecho con el trabajo, que tan sólo le ha llevado 15 minutos, pasa de nuevo la tarjeta y la pantalla muestra el mensaje de bienvenida al tiempo que una voz de mujer lo recita al pie de la letra.
-Buenos dí­as Kunz Archer. Acceso permitido. Gloria al Emperador.
-Espléndido -dice para sí­ el cientí­fico.

Tras varias horas de trabajo, en las que nadie se ha atrevido a entrar en la sala, un hombre al que todos saludan con respeto y admiración, se asoma al pequeño ventanal de la puerta y sonrí­e para sí­. Coloca su palma en la cerradura y esta se ilumina en verde.
-Buenos dí­as Sr. Archer, ¿todo bien?
-¡Ah! Coronel Vukhel. Le tengo dicho que me llame Kunz.
-Y yo a ti que me llames Neroir.
Ambos rí­en con su pequeña broma privada. Se conocieron cuando los dos entraron en esa división de investigación Imperial. Neroir como jefe de sección y Kunz como un prometedor investigador novato. Este último ya volví­a locos a sus progenitores con tan sólo diez años. Desmontaba todos los aparatos que caí­an en sus manos y no paraba de darle sustos a sus padres. Cuando no era una electrocución, era una quemadura por productos quí­micos. Respiraron aliviados cuando le mandaron al centro de enseñanza superior de la capital. Era caro y difí­cil ser admitido, pero sabí­an que les saldrí­a más barato que comprar droides domésticos nuevos cada dos por tres.
Tras una excelente carrera, en la que todos sus profesores le aprobaban sistemáticamente para evitar que siguiera causando estragos en sus laboratorios, solicitó el puesto de aprendiz en el centro que trabajaba ahora. Neroir parecí­a ser el único que se daba cuenta de que sus habilidades compensaban de sobra sus defectos. Porque para que negarlo, Kunz era muy despistado. Tení­a una forma de enfrentarse a los problemas que sacaban de quicio al más pintado. Eso sí­, podí­a arreglar casi cualquier cosa. Aunque para ello estropeara otra dos.
-Va a empezar la prueba del prototipo de escudo personal. Ven, te colaré
-¡Espléndido!
Ambos se encaminaron, a la sala de tiro. Sobre un trí­pode descansaba un T-21 ajustado a máxima potencia. A 50m, al otro lado de unos campos de contención, un maniquí­ portaba el nuevo equipo.
-Hola Coronel -saludó uno de los técnicos que ultimaban los detalles del test- vamos a empezar en seguida con... í¢€â€œsu cara se demudó al ver a Kunz.
-Tranquilo Bakshi, sólo viene a mirar.
-Como usted diga señor -contestó sin mucho convencimiento.
Se encendieron las luces de aviso y se dio comienzo a la prueba. Todos se pusieron las gafas protectoras, bueno, todos no.
El arma disparó de forma automatizada y el haz impactó contra el campo de energí­a del escudo. Se produjo un fogonazo y el maniquí­ cayó al suelo, intacto.
-¡Bien! ¡No lo ha atravesado! -gritó uno de los especialistas.
-Calma í¢€â€œdijo el Coronel entre los ví­tores de sus subordinados- es cierto que el calor del blaster no atraviesa el escudo, pero la energí­a cinética habrí­a causado daños en el sujeto.
Todos se sintieron decepcionados, pero al instante se volvieron hacia las pantallas que mostraban todos los datos recogidos durante la prueba y empezaron a discutirlos.
Kunz, cegado por el fogonazo, caminaba tanteando la pared.
-Er... no quisiera molestar, pero... bueno, no veo y la verdad, es bastante molesto -nadie parecí­a oí­rle, así­ que siguió la pared buscando a alguien. Sin saberlo abrió el sistema de contención y entró en el túnel de disparo. Llegó hasta el maniquí­ de pruebas.
-Disculpe, no veo nada. ¿Podrí­a ayudarme a llegar al baño para mirarme en el espejo? -al ver que no contestaba iba a darse la vuelta, cuando reparó en el cinturón y empezó a desabrocharlo- No deberí­a llevar estas cosas, son peligrosas, ¿sabe?
Se lo acercó a la cara y entrevió como estaba montado. En pocos minutos lo habí­a desmontado y examinaba los componentes.
-Vaya... esto está mal. No me extraña que me pidieran que viniese -Volvió a ensamblarlo pero cambió varios circuitos integrados- Tenga caballero, ahora no tendrá que preocuparse por que alguien le dispare.
En ese momento, varios técnicos le vieron en la cámara de pruebas y lo sacaron fuera. Bakhsi se acercó corriendo y le arrebató el escudo de las manos.
-¿Qué has hecho? Esto nos ha llevado un año, como...
-Espera -le interrumpió Neroir- déjame examinarlo.
Lo colocó en un aparato que desplegó un holograma con sus componentes al descubierto. Todos enmudecieron. El Coronel Vukhel sonreí­a.
-Kunz, amigo, lo has hecho de maravilla. De esta forma la carga de energí­a se desplaza al punto de impacto y anula la presión contra el sujeto. Me tienes que explicar como lo has hecho.
-Ahora mismo me preocupa más el hecho de no ver. Como comprenderás es bastante incómodo para trabajar.

Varios dí­as después, durante un descanso para limpiar los quí­micos que í¢€Å“alguiení¢€? habí­a tirado al suelo accidentalmente, Neroir se llevó a Kunz a un aparte. Habí­a decidido que, con el tiempo, alguien acabarí­a haciendo daño a su amigo. Además, querí­a mándale recuerdos a sus antiguos camaradas de Corps Imperial.
-Sr. Archer, tengo que proponerte algo.
-Dí­game, Coronel í¢€â€œcontestó alegremente.
-Tengo un amigo, el General Arian, que necesita a alguien como tú. ¿Qué te parecerí­a trabajar sobre el terreno, con armas y armaduras que se usarán en combate al dí­a siguiente de que tú las diseñes?
-Espléndido.
Cuando Archer salí­a con todas sus pertenencias del edificio, los gritos de júbilo de los técnicos se mezclaron con las risas de Neroir, que se imaginaba a Kunz en Lok y la cara que pondrí­a Byor al verle trabajar.
Todo hombre sabio teme tres cosas: la tormenta en el mar, la noche sin luna y la ira de un hombre amable.

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