LA TRAICIÓN

Dedicado a historias de rol de cualquier tipo.

Moderador: elric1981

Avatar de Usuario
Logan
Nunca será ubber
Mensajes: 4259
Registrado: 02 Ene 2007, 13:40
Ubicación: Madrid
Contactar:

LA TRAICI퀜N

Mensajepor Logan » 22 Feb 2008, 08:18

Abre los ojos y se despierta en un cuarto oscuro. No entiende, en un primer momento, qué demonios hace allí­. Repentinamente vuelven a él todos los recuerdos, dolorosos recuerdos. Lo son más aún que el dolor fí­sico que recorre, a oleadas, su cuerpo. Le han dado una buena paliza, pero no tiene nada roto. Se incorpora con dificultad y mira por la ventana. Sólo ve algunos soldados enemigos y un pequeño campamento improvisado. Todo tiene un extraño tono verde. Entonces recuerda que está en la luna mayor de Naboo, Rori. Le han quitado el equipo y el rifle.
Busca por el suelo y sólo encuentra una piedra sucia. Tendrá que servir si no hay nada mejor. Aprieta los dientes, en previsión del dolor que va a sentir y aprieta el borde más afilado contra la cara interna de su antebrazo derecho. La sangre fluye y trata de no gritar. Arroja la piedra a un lado con rabia e introduce uno de sus dedos en la herida. Duele aún más que el corte. Extrae un pequeño chip, no mayor que un dedo y se derrumba en el suelo. Se presiona la herida con un despojo de tela que está a su lado en el suelo desde ni se sabe cuando. Tiene que disimular el corte a sus captores. Algo recuerda de sus estudios de medicina de cuado era joven y consigue detener la hemorragia. Aprieta el botón de la superficie del chip y lo esconde en una grieta de la pared.
Sin nada más que hacer que esperar la libertad u otra sesión de interrogatorios de sus captores, deja volar su mente y sucumbe a las imágenes que se forman al azar en su cabeza. Un bello edificio, una facultad, una chica preciosa... No, no es el momento para esas memorias. Ya lo rumiará después, en casa con una Ruby Bliels. Seguramente con muchas más de una. Si sale vivo de allí­. Se concentra en un momento más cercano en el tiempo. Más terrible si cabe. Más insoportable. La ve a ella, esperándole con los brazos abiertos cerca de la rampa de la lanzadera. Corre a sus brazos y casi la aplasta entre los propios. No sabe que esas mismas manos sellaran su destino apenas un dí­a después...


Después de tantos meses, por fin, un permiso. Hací­a casi un año que no podí­a dejar el comando para ir a casa. La echaba mucho de menos.
También tení­a que pasar por su viejo hogar. Su madre también llevaba demasiado sin mimar a su niño. Bajó del transporte en Theed y allí­ cogió un vehí­culo de alquiler para ir hasta su pequeño pueblo. Su madre estaba como siempre, parecí­a haber dejado de envejecer a pesar de tener tristezas y preocupaciones para ello. Era así­, buscaba siempre lo mejor de la vida. Pasó allí­ menos de una semana, pero lo suficiente para que no le despidiera con un golpe en la cabeza y si con un beso y un abrazo. Viajó de nuevo a la capital, con ansia, apretando el acelerador hasta casi aplastarlo contra la chapa del suelo.
Aunque no le gustaba mucho, pues preferí­a pasar desapercibido, usó su acreditación como Coronel para que le hicieran sitio en la primera lanzadera que saliera hacia Deja Peek. Ya no se consideraba a si mismo de ese rango; un acuerdo tácito entre los miembros de C.I. Aún así­, nunca renunció al cargo oficialmente.
Sus ojos, su olor, su contacto... Casi creyó estar en la gloria. Salieron de la mano hacia el hotel en que siempre se hospedaba al ir a verla. En recepción sólo habí­a un droide; por suerte. Cualquiera con algo de vista se habrí­a dado cuenta de la prisa que tení­an por llegar a la habitación y habrí­a resultado embarazoso enfrentarse a la media sonrisa de un recepcionista sabiondo.
Subieron deseando que el ascensor fuera más rápido y entraron en la habitación como una tromba. Se despojaron uno a otro de la ropa buscándose con ansiedad. Pasaron allí­ todo el dí­a, amándose, besándose y hablando de las mil cosas que no habí­an podido compartir. Por primera vez en mucho tiempo ella le preguntó por su vida de combatiente. Normalmente no hablaban de ello. A él no le gustaba pensar en la muerte y la destrucción de la guerra mientras estaba con ella. Su único remanso de paz en toda la galaxia. Aún así­ le contó cosas sueltas sobre combates y la marcha de la guerra. No le dijo nada de sus compañeros o de su comando. Al fin y al cabo cumplí­a las reglas y estas lo prohibí­an. Anocheció y comieron algo, volviendo a la cama para dormir abrazados, sin soñar con nada, esperó él. Cuando apenas se estaba quedando dormido la puerta saltó hacia dentro de la habitación. Sus instintos le hicieron lanzarse a por el rifle, pero antes de que abriera el contenedor dos cañones le apuntaban a la cabeza. Los asaltantes les vistieron con lo mí­nimo para considerarlo decente y les pusieron unos grilletes. Salieron del hotel a toda prisa por la puerta de servicio y subieron a un speeder. Una lanzadera les esperaba, a una distancia más que prudencial de la ciudad, estacionada en una llanura en lo alto de una meseta. Subieron todos y despegaron a toda potencia. En unos minutos estaban en Moenia. Allí­ cogieron un transporte que salió de la atmósfera. A partir de aquí­ lo único que recordaba con claridad eran los golpes de los captores mientras le preguntaban temas de inteligencia militar. No dijo nada, por supuesto, así­ que le pusieron de rodillas para que mirara. Sabí­an que eso romperí­a su espí­ritu.
La soltaron y se temió lo peor, se dispuso a luchar, aún con las manos atadas. Pero se quedó helado al mirar a los ojos de lo que más querí­a en toda su vida. No habí­a miedo en ellos, aunque evitaban los suyos. La nave debió entrar en la atmósfera porque sintieron una pequeña sacudida. No estaba seguro de que aquello fuera real, le parecí­a ver una pesadilla que una mente cruel habí­a diseñado especí­ficamente para abarcar su mayores miedos. Ella cogí­a un chip de crédito del que mandaba a los raptores. Se daba la vuelta y se dirigí­a a la salida de la sala. En ese momento la cabeza pareció estallarle y no vio nada más. Despertó en la celda en la que se encontraba ahora.



Sin poder evitarlo, sin querer evitarlo, las lágrimas caen al frí­o suelo de metal del cuarto. Siente como se le entrecorta la respiración. 퀰l, que ha asistido casi impertérrito a la muerte de su padre, de camaradas y amigos, solloza como un niño pequeño. Pasan los minutos y logra serenarse. La puerta de la celda se abre y entran los rostros conocidos de sus carceleros. Esta vez no le apalean allí­ mismo y se lo llevan fuera. Observa con ojos expertos las tropas que allí­ se encuentran. No será problema, si llegan a tiempo. Le despojan de la mayor parte de la ropa y ven el corte. No le prestan mucha atención. Unos novatos, piensa. Allí­ en el frí­o y húmedo aire de la mañana le echan agua helada por encima. Le dan un par de golpes y las descargas de su sistema nervioso se ven amplificadas por el frí­o. No tiene ganas de resistir, pero sabe que debe hacerlo. Levanta la vista y mira a uno de ellos, el de más graduación. Este le sostiene la mirada unos segundos y luego se rí­e. Le señala algo a su espalda y él se gira. Allí­ está el oficial de la nave y... ella.
No cruza su mirada con la de él, pero le mira. El oficial ordena formar a varios soldados frente al muro de uno de los edificios prefabricadas. Le pregunta lo mismo de antes, por última vez dice o le fusilaran. Pero él no le mira, sus ojos están fijos en ella. Detrás, el soldado sigue sonriendo, está seguro de que el truco funcionará. Se esfuerza por levantarse y dirige su atención al que le interroga. Lo mira fijamente y recurre a lo poco que le queda de entereza y de soldado. Si sus cálculos son correctos, y le va la vida en que lo sean, es el momento de hablar y ganar algo de tiempo.
-En nombre de la autoridad imperial, le conmino a rendirse junto con sus hombres. Si lo hacen serán bien tratados y tomados como prisioneros de guerra. En caso contrario morirán todos, en combate o a manos del í¢€Å“Infameí¢€?
Sabe que la sola mención de su apodo es suficiente para provocar escalofrí­os.
La reacción es la que esperaba, pero aún así­ le sorprende viniendo de alguien que se considera oficial y soldado. Se rí­en, a carcajadas.
Desde atrás le llega un fuerte golpe y cae al barro frente a las botas del que parece estar al mando de aquella panda. Este le pisa el cuello y le da í¢€Å“otraí¢€? última oportunidad; él calla. Le levantan y le llevan frente al pelotón de ejecución. Casi lo agradece, su alma rota ya no necesita un cuerpo en el que vivir.

Un soldado llega corriendo, con unos auriculares de operador técnico aún puestos por las prisas. Informa de tropas enemigas acercándose, están casi encima de ellos,  y de que han encontrado un transmisor en la celda. El oficial ordena prepararse para la defensa y desenfunda su arma con la que le apunta al pecho. Hace un gesto de despedida con la mano y sonrí­e. Un impacto sónico le alcanza de lleno y lo derriba inconsciente. Todos corren y nadie presta atención al cautivo. Se parapeta detrás de unos contenedores y observa el espectáculo. Los miembros del comando saltan de las motos disparando. La tropa enemiga no es rival para ellos. El lanzallamas de uno de sus camaradas abrasa un grupo tras una barricada. Otros caen bajo el terrible arma sónica de su jefe. El resto son barridos por los demás. En pocos minutos tienen varios prisioneros y están rastreando el campamento. Su jefe le ve levantarse y acercase. Le descerraja las esposas. Está hecho un asco y la cara de su amigo lo demuestra con sorna. Pero por desgracia no le corresponde con otra mueca igual, acompañada de una risa, como habrí­a hecho cualquier otro dí­a. Se gira buscando entre los muertos y heridos. Uno de sus camaradas se acerca quitándose el casco y dejando al descubierto los cuernos caracterí­sticos de su especie. Lleva a la chica cogida del brazo. Un civil dice. El jefe, único que la conoce, está a punto de acercarse a saludarla, hasta que una voz le detiene. El albino, que sorprendentemente también participa en el rescate, se acerca  y mira a su andrajoso amigo. Sus ojos demuestran saber más de lo que parecerí­a lógico.
-¿Qué hacemos con ella Logan?- pregunta.
Siente el odio, la tristeza, el dolor abrasar su garganta mientras el aire que expulsa hace vibrar sus cuerdas vocales. Hasta un rastro del amor y la ternura que antes le inspiraba, aunque quedan muertos y enterrados para siempre en lo más profundo de su ser mientras pronuncia las palabras.
-Es una traidora a la Reina y al Imperio. Lleváosla.
Se vuelve para que sus compañeros no vean su rostro, aunque todos lo imaginan. Agarra casi sin darse cuenta el abrigo que le tiende un soldado de asalto y se sube a uno de los vehí­culos de la tropa. Antes de hacerlo una bandera en llamas con la enseña rebelde llama su atención. Jamás les perdonará esto. Ahora ya no hay razón para conservar su humanidad y sus principios. Los aplastará a todos, les hará pagar con sangre y sufrimiento esta traición.
Imagen
Todo hombre sabio teme tres cosas: la tormenta en el mar, la noche sin luna y la ira de un hombre amable.

Volver a “Relatos”

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 1 invitado