La fe de otros

Dedicado a historias, transfondos de personajes y ese tipo de cosas que merece la pena tener aparte

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La fe de otros

Mensajepor Byor » 30 Ago 2008, 19:21

De vez en cuando, los dioses otorgan su gracia a un individuo, permitiendo así­ que este pueda cambiar el mundo, haciendo grandes cosas con el poder de su fe y con el de sus seguidores, logrando así­ que el poder y fama de dichos dioses crezcan de manera exponencial.

Arianna Carun no era para nada uno de estos individuos, y tal y como iba la vida de la joven Aquilonia, y lo mas probable es que nunca lo serí­a. Pero sí­ que conoció a uno en cierto momento de su vida. En el momento de su vida en el que esta cambió de manera radical...
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Re: La fe de otros

Mensajepor Byor » 30 Ago 2008, 19:22

- ¿Cómo se te pudo pasar por la cabeza entrar en el templo de Mitra a robar, justo el dí­a en que el gran profeta Caius ha venido a Tarantia?
- Sentí­ que hoy serí­a mi dí­a de suerte...
- Pues te equivocaste, muchacha. La gente famosa suele vivir mucho porque saben cubrirse las espaldas. De no ser por la visita de Caius, probablemente habrí­as conseguido algo. En fí­n... disfruta de tu celda hasta que se decida qué hacer contigo.

El guardia dejó la correspondiente ración de comida en el suelo, cerca de los barrotes de la celda, y volvió a su puesto. La habí­an cogido, pero al menos hoy comerí­a algo decente. Se levantó, y fue hacia la comida, que atrajo hacia la celda arrastrando la bandeja por el suelo. Hasta eso le costaba, después de los golpes de los guardias, y de haber estado atada horas, ya que estos no querí­an perderse el sermón que el profeta habí­a venido a dar.

Una vez con la comida a mano, se dispuso a devorarla antes de que algún guardia cruel tratara de quitarsela. Para evitar problemas innecesarios, en la bandeja no habí­a cubierto alguno, cosa que no impidió que la chica se comiera la comida con las manos. Tras dí­as sin comer, no iba a remolonear por una tonterí­a así­.

Entonces, en cierto momento de la comida, la joven alzó la mirada. No estaba sola. Un hombre rubio, muy alto y musculoso la miraba fí­jamente. Llevaba la ropa muy destrozada, pero no se veí­a cicatriz alguna en su piel. Sin embargo, la locura se percibí­a con total claridad en la mirada de aquel individuo. Sin dejar de comer y atenta a cualquier movimiento de aquel tipo que en ningún momento habí­a visto desde que habí­a llegado a la celda, mantuvo la mano izquierda sujetando la bandeja por si tuviera que utilizarla como arma improvisada. Aunque eso de poco servirí­a.

- Yo te liberaré... - dijo aquel hombre, con la mirada enloquecida clavandose en los ojos de la chica í¢€â€œ Y después, me liberarás tú a mí­. O morirás.

Acto seguido, escuchó unas voces viniendo del puesto del guardia. Sin dejar de vigilar al compañero de celda, la joven se acercó a los barrotes y trató de ver de quien se trataba. Segundos después, el guardia fue de nuevo a la celda.

- Pues al final va a resultar que era tu dí­a de suerte, muchacha... - dijo, mientras abrí­a la celda í¢€â€œ Alguien importante y con dinero te quiere fuera de aquí­. Y es mejor llenar las celdas de indiviuos peores que una pequeñaja sin rumbo en la vida.
- ¿Cómo ese tipo? - respondió, limpiandose las manos en su ropa y señalando a la celda.
- ¿Qué tipo? Ahí­ no hay nadie, pequeña...

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